LA PERSONALIDAD DEL ALCOHÓLICO[i]

 

EXTRACTO

 

 

El mundo del alcohólico es un mundo difícil de captar, y mucho más difícil aún de comprender o de explicar, es muy complicado que una persona no alcohólica sea capaz de captarlo, como podría hacerlo un alcohólico frente a otro, en ese espejo, en ese sincero y auténtico enfrentamiento de dos semejantes.

 

El del alcohólico es un mundo de contradicción y de conflicto, un mundo donde se encuentra siempre lo blanco con lo negro, lo tierno y lo cruel, lo claro y lo difícil.

 

Los alcohólicos son personas sobresalientes, pero siempre piensan que no valen para nada, aunque no lo digan de esta manera, aunque en algunos momentos cuenten las cosas más bellas de sí mismos, son ellos los únicos que no se han convencido de lo que realmente valen. Capaces de erigirse como grandes personas, aún los más orgullosos dudan siempre de lo que quieren parecer, pedantes y presumidos, algunos hablan y exageran hasta el delirio sus hazañas y grandezas, o se identifican con las de otras gentes, aunque en su interior sean incapaces de reconocer sus propios valores.

 

Todos los alcohólicos son inteligentes, aunque no todos sean igualmente inteligentes, se puede afirmar que ninguno de ellos es capaz de reconocer su inteligencia,  ni sus propios valores para evolucionar apoyándose en ellos.

 

Los alcohólicos son personas que desconfían de lo que son y de lo que valen, son hombres penosos y exhibicionistas, el alcohólico quiere mostrarse y siente vergüenza al hacerlo; son personas llenas de vacío, es como una vida que no tiene principio, donde nada se retiene, nada es propio, nada se queda, es un eterno, torturante e infinito vacío, es un profundo vacío de sí mismo, es un profundo vacío de afecto, es un profundo vacío de identidad, es un profundo vacío de la realidad, del mundo y de cualquiera que esté a su lado.

 

Son seres llenos de vacío, son hombres llenos, pero llenos de vacío; vacío porque es incapaz de poseer o de poseerse, porque son ansiosos y hambrientos, siempre insatisfechos, como un algo que no tiene principio ni final, vacío de reconocimiento, vacío de alguien, vacío de sí; y llenos de vacío viven tratando de llenarlo en forma ansiosa y compulsiva, sin medida, con la ilusión, con el alcohol.

 

Ansía hasta la obsesión lo bello y lo sensual, se excita por los ojos, repite sin cansancio una canción, anhela una caricia y un abrazo, en el fondo detesta su fealdad, porque no se gusta por más arreglado y perfumado que esté; detesta que puedan notar sus defectos  y en su narcicismo se rechaza a sí mismo, envidia y cela la belleza de otros y eso provoca que el alcohólico, en sus manifestaciones como tal cuando está ebrio, sea un hombre al que no le importe desnudar su propia repulsión, mostrándose desagradable, con una apariencia desordenada, después de haberla cuidado tanto; todo esto como una actitud evidente de desprecio por su cuerpo, por su ropa, por lo hermoso, por lo agradable, que hace de su apariencia algo realmente repugnante.

 

Se reconocen dos caras entre los alcohólicos,  el alcohólico de cara blanda y el alcohólico de cara dura, unos de rostro suave y otros de rostro poco gentil, unos muy dulces y otros irritables, unos de líneas amables y otros de rictus amargados, los de la expresión suave y los de la expresión tiránica; pero detrás de esa caras amables o duras, solo hay un tipo de personas, personas blandas, no son personas duras, detrás de esas fachadas, se encuentras siempre un carácter blando, incapaz de ser duro, ni de ser fuerte, son gente manejable de conducta blanda, o gente tiránica de conducta endeble; detrás de su apariencia cualquiera que fuera, siempre hay un hombre que no se siente fuerte, que no se para en firme, que no se apoya en sí mismo, porque desconoce el valor.

 

Los alcohólicos son personas solas, aunque no estén solas, y aunque no lo quieran reconocer son tristes, muy tristes; en el historial de sus vidas hay muchas cosas amargas, son personas aisladas y solitarias, incapaces de establecer una relación o un vínculo de acercamiento lo suficientemente verdadero y fuerte para romper el aislamiento en el que vive.

 

Aunque no digan que están tristes, beben precisamente para escapar de la tristeza, beben para buscar esos momentos iniciales de la euforia del alcohol, que poco después que la logran se esfuma; y entonces se descorre la cortina y aparece su sensibilidad exacerbada, esa emotividad herida y extremada que da paso al desfile del sentimentalismo, de las historias trágicas, del dramatismo de sus historias tristes, hasta la anestesia y el sueño.

 

Las historias del alcohólico son historias que expresan compasión, historias que buscan compasión, historias que inspiran compasión.

 

El alcohólico es sin duda un hombre triste, no importa la careta detrás de la cual se enmascare,  no importa la caricatura y la burla de la que es fuente y objeto; son soñadores diurnos que padecen el insomnio de la nostalgia, de día viven envueltos en la fantasía de proyectos, de sus sueños, de sus recuerdos e imágenes, de noche no pueden dormir, son presos de la nostalgia, de la melancolía, de la soledad y el abandono, del abatimiento y el despego de sí mismos, de la culpa y del tedio.

 

Aunque en la noche se esconde ese paraíso que buscan como peregrinos y autómatas, despiertan siempre con la claridad del día, de frente al miedo; miedo a la realidad, miedo a la lucha, miedo a la competencia, miedo a la decisión, miedo a la vida; porque el alcohólico le teme a la vida que es aparentemente demasiado real para su mundo interno demasiado débil, le teme a la angustia; tolera muy bien el alcohol pero es incapaz de tolerar la vida.

 

El alcohólico sufre como nadie y vive huyendo todo el tiempo de su sufrimiento, busca obsesivamente el placer, pero se frustra y se destruye en su inútil búsqueda, el mundo es tan extraño para el alcohólico, como él es extraño para el mundo.

 

Los alcohólicos son personas muy desconectadas de la realidad, son personas amantes de la irrealidad, son enfermos del ensueño y de la fantasía, que no se reconocen como enfermos, son viajeros de las brumas, jinetes en caballos de madera, héroes de papel, maestros de ilusiones, evadidos del mundo, abogados de las excusas, fantasmas del triunfo, esa es su verdad.

 

Son extraños en el mundo, porque el mundo también es algo extraño para ellos. El del alcohólico es un drama espiritual, es una persona que vive en conflicto con su propia identidad, nunca sabe quién es, y no sólo en el momento de perder la conciencia, sino cuando está más consiente, siente que es como dos personas, o quizá más de dos personas, no se identifica consigo mismo, no sabe qué es lo que es, ni sabe qué es lo que quiere, va y viene, empieza y abandona, se propone y olvida.

 

A los alcohólicos se les reconoce fácilmente, pero ellos no se reconocen, son personas que viven crucificadas en el dilema de su identidad, que viven atravesados siempre por una duda y un conflicto en el que no terminan nunca por saber qué son, o no son lo que quieren ser, o no son quieren ser lo que son; persiguen el amor, pero quedan siempre insatisfechos, sueñan con el amor, pero su abrazo es frío como la reja detrás de la cual se mantienen encerrados, porque el alcohólico es como una fruta de pulpa jugosa pero forrada por una corteza áspera y seca, que los hace sentirse siempre aislados del afecto e incapaces de expresarlo.

 

Los alcohólicos son seres que necesitan desesperadamente el amor, pero que no son capaces de amarse ni siquiera a ellos mismos; aun cuando no pueden expresar la ternura, cuando se emborrachan pretenden desinhibirse y liberar esa posibilidad, pero no con su pareja, sino con su compañero de alcohol, porque cuando ya ebrio llega junto a ella, la ternura se ha transformado en desprecio, en rebeldía, indiferencia, agresividad y violencia; anhela el regazo materno y busca la calidez de la madre, sin embargo, aun siendo materno dependiente el alcohólico resulta un despechado y un tiránico, se atormenta a sí mismo y atormenta a su madre, le reprocha, la incrimina y la ofende, es ella el ser a quien más ama y a quien más odia, es al que más necesita y el que más le estorba, el alcohólico busca y rechaza no solamente a la madre sino lo femenino,  por eso en el matrimonio ama y aborrece a la mujer, la necesita y la destruye.

 

Nadie fracasa tanto como el alcohólico en sus relaciones, se esfuerza en ser egocéntrico y caprichoso, pero es incapaz de ser realmente egoísta, porque si pudiera amarse a sí mismo, sería también capaz de superar su egoísmo para amar a los demás, su imposibilidad, su impotencia, está en que no es capaz de amar, ni de amarse.

 

Los alcohólicos son destructores; no son viciosos en el sentido de que se alegra en el vicio y en el placer insano, porque en realidad la conducta del alcohólico no está fundamentada en el principio del placer, sino en el principio de la destrucción. El alcohólico es sin duda, un ser autodestructivo.

 

El alcohólico cuando está bebiendo, todos los días se entrena en arrancarse un poco de vida, por lo tanto no es difícil que sin proponérselo se escape de ella para siempre.

 

Clavados por la culpa y por el pensamiento mágico,  entre el remordimiento y la fantasía, los alcohólicos se alejan de la vida y celebran compulsivamente el rito de la destrucción que los aproxima a la muerte.

 

Persiguiendo sueños de amor y presos de horrendos delirios, van transitando ante nosotros como espectadores de su propio y amargo espectáculo…



[i] Artículo del Dr. Eduado Havage, tomado de la sección CRITERIOS POFESIONALES, en la Revista Plenitud AA, México, 2003 (aproximación psicológica realizada con todo respeto)

 

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